LES VOY A CONTAR UN CUENTO – LA CAMISA DEL HOMBRE FELIZ

LES VOY A CONTAR  UN CUENTO –  LA CAMISA DEL HOMBRE FELIZ

(Adaptación del cuento Lucía Vilchesde León Tolstoi por Lucía Vilches)

Esto era un rey que tenía todo lo que cualquier mortal pudiera desear para el tiempo en que esto se escribió por primera vez. Naturalmente por ser rey poseía un palacio ¡qué digo  un palacio¡ no, ¡poseía  muchos palacios! Uno de verano, otro de invierno, otro para sus hijos, para otros poderosos que le visitaban… También era dueño de tierras, con muchos vasallos que se las trabajaban  por sueldos miserables que se pagaban con el mismo producto del suelo. No le faltaba de nada, ropajes de seda de la India, corceles de la mejor raza andaluza, oro de España, piedras preciosas de África, además estaba rodeado de gente que le alababan de continuo. Tenía una esposa e hijos que le adoraban, pero como nada hay que dure para siempre, de nada le sirvió tal opulencia cuando de pronto se enfermó de gravedad con un gran desánimo.

El pobre rey buscó cura para sus males entre todos los sabios, médicos, magos, conocedores de hierbas, en fin, no hubo donde más buscar. Le recetaron baños, fríos, calientes, tomó toda clase de brebajes traídos de lejanas tierra, pero él seguía enfermo, melancólico y triste y se temía por su vida. El hombre en su desesperación pensó: “Para qué quiero tanta riqueza si no puedo comprar mi salud, daré la mitad de mi reino a quien proporcione cura a mis males y así ser feliz”. Así lo hizo.

Por todo el  país y más allá salió la proclama y  al tintineo del dinero y riquezas  se agudizó el ingenio de médicos, curanderos, magos y pillos para intentar devolver la salud al rey a cambio de todos los bienes prometidos,  pero todo fue infructífero.

Apareció por allí pidiendo audiencia, un poeta, un trovador que andaba por los caminos, campos y plazas públicas alegrando la vida a las buenas  gentes con sus canciones y versos, que sin ningún deseo de avidez le dijo al rey: “Señor, yo sé el remedio para su mal, la única medicina que le puede curar.” El pobre rey ya muy abatido le escuchó con atención. El trovador le dijo: “Mirad, es muy fácil, solo tenéis que buscar en vuestro reino un hombre feliz y cuando lo encontréis le compráis su camisa y os la ponéis vos, al momento seréis un hombre feliz y sanareis”. No tardó ni un minuto en enviar a todos sus mensajeros, y no quedó rincón donde no se buscara al hombre feliz para quitarle la camisa. En los pueblos más remotos de las montañas y en todas las aldeas marineras, y en todas las ciudades, allí donde se veía un hombre satisfecho se le preguntaba “¿Eres feliz?” enseguida se ponía serio y decía “pues no, no soy feliz  porque la pesca va mal, o, tengo reuma, o, tengo un dolor de cabeza… tengo que pintar mi casa, no tengo dinero, no puedo ir de vacaciones, hace mucha calor para trabajar, mis hijos no me ayudan, me comen los impuestos…”  En fin, siempre faltaba o  la salud o el dinero o el amor. Era una ardua tarea encontrar un hombre de verdad feliz. Sin embargo ya yendo de vuelta con la mala noticia de que todos los súbditos del reino eran tan desgraciados como su soberano, pasaron por delante de una casucha, con una puerta medio desmontada que estaba abierta, allí vieron a un hombre descansando sobre un catre junto al fuego del hogar que decía “¡qué felicidad, la vida es bella y me  sonríe, qué satisfacción haber terminado el trabajo de hoy, tener buena salud, amigos que te quieren y una familia! ¿Qué más se puede pedir?”

Al ver al hombre y oír sus palabras los emisarios del rey entraron en tropel para negociar con él, después de lo cual y a toda prisa fueron al palacio para dar la buena nueva. Se levantó un revuelo en palacio, todos querían ver a aquel hombre feliz que no poseía dinero ni tenía posesiones materiales. Este se presentó ante el rey quien inquieto le preguntó “Dime buen hombre, ¿eres feliz?” El hombre al que no le habían preguntado ni su nombre le dijo “sí señor yo soy un hombre feliz” El rey sin más demora le dijo “Mira, hoy es tu día de suerte, te voy a dar la mitad de mi reino por tu camisa”.  El campesino apesadumbrado le dijo al rey “Señor, aun me haría más feliz de lo que soy poderle regalar mi camisa, yo no necesito nada más de lo que tengo pero no puedo hacerlo porque yo no llevo nunca camisa”.

Desde aquellos tiempos antiguos e inmemorables, muchos gobernantes han hecho lo innombrable por conseguir la felicidad a costa de quitar la camisa a sus súbditos.

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