PORTUGAL… PORTUGAL

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Pastel de Belén

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Lisboa: Pastelería de Belén

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Tuna en Rua Augusta (Lisboa)

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Lisboa: Torre de Belén

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Oporto: Livraria Lello

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Una calle estrecha en Lisboa

 

 

 

 

 

 

 

PORTUGAL… PORTUGAL

¡Agua y más agua, humedad, lluvia, frío, aburrimiento claustrofóbico al borde de la frustración!

Amaneceres oscuros llenos de gotas volátiles que no respetan paraguas, y mucho menos al que lo lleva. Al mirar tras el cristal de la ventana te entran  unas ganas inmensas de quedarte en cama.

“¿Qué te parece si nos vamos un par de días a Portugal?” me dice mi familia, les debo dar pena, “¡Venga…vámonos!”

Nos montamos en el coche y comenzamos a hacer kilómetros.

Apenas pasamos de Santiago de Compostela comenzamos a ver el azul entre las nubes que seguían amenazantes, pero ¡al fin la gloria! En las rías bajas brillaba el sol, eso que sigue siendo Galicia. Bajamos a tomar un café y los huesos empezaron a agradecer el calorcito del sol que, aunque a veces lo dudemos sigue en el mismo sitio de siempre, allí, por encima de esas nubes negras que no nos dejan, igual que la “negra sombra” de nuestra querida Rosalía de Castro.

Seguimos hacia adelante y nos comenzamos a adentrar en el vecino país de Portugal. Ya nos habían advertido de que no puedes viajar sin una tarjeta adosada al cristal delantero del coche porque las autopistas y autovías tienen un servicio deplorable pero en todas hay que pagar… Si nos quejamos de nuestros “peajes” tan solo hay que viajar por Portugal para comprender que es un país inviable para el turismo rodado. A cada paso “suena la maquinita registradora” llevándosete tu dinero  de forma inusual. Es un grifo abierto por donde se te escapa euro a euro un montón de dinero que se te lleva el “Pagagem”.  Palabra que te aprendes enseguida por lo repetitivo.

Una pequeña parada en Oporto para ver una fantástica librería “LIVRARIA LELLO”, de belleza espectacular donde puedes encontrar cualquier libro que se te venga a la memoria en unas estanterías de ensueño. Dos pisos con escalinatas al aire decorado con filigranas torneado en madera y azulejos de color, con varios apartados, incluyendo un espacio coqueto para presentación de nuevos libros. Lo poco que vi de Oporto me gustó, aunque ya la conocía de otras ocasiones.

Continuamos viaje y, llegamos a Lisboa. Sin duda es una bella ciudad. Bella, y “vella”. Como dice la canción “Lisboa antigua reposas, llena de encanto y belleza…”   Es una bella y vieja dama elegantemente abandonada en su barrio alto y barrio bajo. Muy pintoresca con sus tranvías de colores y su empedrado antiguo. Si se sale una piedra la vuelven a poner sobre  un “ firme”  que tiene muy poco de firme, y toda la entera ciudad está construida respetando absolutamente las formas de las montañas que fueron antaño. Después del gran terremoto se remodeló y… se parece mucho a cómo era en ese tiempo, excepto el comercio.  Subidas interminables, bajadas por calles pendientes y muchas escalinatas, calles enteras hechas de escaleras. Un ascensor que te sube al barrio alto, si es que no quieres subir tantas escaleras, pero te vale 5 euros tres pisos del  ascensor de “Santa Justa”.

Cosas dignas de visitar porque no dio más tiempo. La torre de Belén. Preciosa fortaleza (estilo Manuelino, (mandado construir por el rey Manuel I) a orillas del Tajo, que fue punto de salida de los barcos en el tiempo de los descubrimientos. En los bancos de alrededor están grabados poemas de poetas importantes de Portugal.  Espectacular  el Monasterio de Los Jerónimos enfrente de la Torre Belén y todo el maravilloso entorno sumamente cuidado con un gran aparcamiento gratuito dominado por los “gorrillas”.

Por la ciudad si levantas los ojos a la arquitectura se ven edificios antiguos muy bellos, con cientos de años que están sumamente cuidados, y otros con la misma edad medio derruidos a los que no se les hace ni caso, ni para restaurar ni para demoler. Ahí está todo, conviviendo dulcemente el pasado y el presente junto con la modernidad. Igual que en las grandes ciudades españolas, allí también llenan las calles peatonales y las plazas con sus preciosas fuentes todos  los bohemios, nacionales y extranjeros. Principalmente en la gran calle peatonal, Vía Augusta, que empieza en el Arco que lleva su nombre y conecta con La Plaza Del Comercio donde confluyen casi todas las líneas de buses y tranvías. Allí se encuentran los mimos, cada rato uno distinto y otros que permanecen todo el día como auténticas estatuas.  La figura marmórea en recordatorio de Mozart con su protagonista camuflado, no sabes dónde acaba el cartón piedra y empieza el hombre que te sorprende en su movimiento de agradecimiento cuando le echas una moneda. Una tuna juvenil cantando los clásicos cantares de la tierra portuguesa, reuniendo algún dinero, seguramente para viajar. Les sobra auditorio que le aplauda, la calle es un reguero de gente dispuesta a disfrutar de un día, frío pero soleado. Llega la noche y… un grupo de jazz nos hace vibrar con su gran creatividad, ritmo y vigor e ingenio musical. Las tiendas comienzan a cerrar. Las mismas que hay aquí. Zara vive en todas partes, y convive con otras tiendas de renombre local.  Hay clientela para todos los gustos y bolsillos.

Llevamos muchas horas por la calle caminando. Es obligado degustar bacalao y comer un pastelito de Belén, pero ha de ser en “Pastelería Belén” que lleva abierta al público desde 1837, en una de sus muchas salas de lujo bien decoradas con preciosa cerámica portuguesa, sin que cueste más que en cualquier otra cafetería de los alrededores.

Nos faltan los “fados”,  no me puedo ir de esta ciudad sin escuchar “fados” en directo, sin embargo se nos está haciendo imposible el acceso a la zona, ¿Quién se puede estacionar en ningún sitio? imposible, después de dar mil vueltas  decidimos volver al alojamiento y ¡sorpresa! al otro lado de la avenida encontramos un local muy acogedor  donde te sirven unos pinchitos y escuchas unos fados por cantantes locales ¡preciosos ¡¡el alma de Portugal expresado en el sentimiento de una canción inconfundible de notas que lloran al son de la guitara portuguesa , y vibran en las voces inolvidables del fado! Como dice una canción. “Para cantar fados no hace falta mucha voz, hace falta corazón…”

Nos vamos a dormir plácidamente como aquel que ha cumplido su comisión y en la mañana siguiente retomamos el camino de regreso a casa y concienciados a escuchar los pitidos del “Pagagem”. Y una victoria: No compramos toallas ni gallitos. No pudimos porque nos desplumaron por las carreteras.

“Lisboa antigua reposa, llena de encanto y belleza”, y algo dormida en el tiempo.

 

Lucía Vilches Moya

www/dosrosasblancas.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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